Colina de Gellert, Colina de Pest y mercados navideños

DÍA 1 de nuestro viaje a Budapest en 3 días: Puente de la Libertad, Colina de Gellert, Puente de las Cadenas, Castillo de Buda, Colina de Buda, Bastión de los Pescadores, Hospital en la Roca, vista del Parlamento y el Danubio por la noche, mercados navideños (2 de diciembre de 2016).

Como es tradición en nuestros viajes, nos levantamos temprano y nos metimos un buen desayuno en nuestro hostel, por 3€ por persona. Nos alojamos en el White Rabbit, en Pest, muy cerca del Mercado Central y del metro. Es un hostel pequeño, limpio, muy buen situado y familiar, con algunos turistas pero también huéspedes húngaros. El trato fue excelente, pero las camas eran un poco desastre.

Estábamos muy cerca del puente de la Libertad, anteriormente llamado Francisco José, por el emperador esposo de Sissi (esta ciudad tiene bastantes referencias a la emperatriz, así que los fans tenéis que venir). Este bonito puente, inaugurado en 1896, tiene 333 metros de largo y por él pasan también los coches y el tranvía.

El puente comunica Pest con Buda, justo enfrente de la Colina de Gellert, así que lo primero que hicimos en Budapest fue cruzar el Danubio, uno de los ríos más famosos de Europa y el segundo más largo (el primero es el Volga). La verdad es que nos encantan las ciudades cruzadas por un río… y el Danubio venía bien caudaloso, la imagen era muy bonita aunque, eso sí, no nos encontramos casi a nadie por la calle, ¡y es que hacía un frío horroroso!

 

Ya al otro lado del Danubio lo primero que se ve son los famosos hotel y balneario Gellert. Justo enfrente, excavada literalmente en la colina, está la iglesia rupestre de Budapest, un templo construido tan solo en 1926 que fue cerrado a cal y canto durante el comunismo, de hecho, aún se aprecia un poco del muro de cemento en la entrada. En 1991 reabrió y fue de nuevo ocupado por los monjes. Ahora es visitable por menos de 2€, aunque si andáis con prisa entrar es prescindible, bajo nuestro punto de vista.

Subimos haciendo el cabra por la colina de Gellert hasta la Ciudadela, donde está la estatua de la Libertad, un monumento de bronce de 14 metros más pedestal de 26, que se puede ver desde diferentes puntos de la ciudad y que conmemora la victoria del ejército soviético en Hungría durante la Segunda Guerra Mundial. Desde ahí arriba las vistas sobre el Danubio y la parte de Pest son muy chulas, merece la pena subir.

Tras hacer unas cuantas fotos, bajamos y estuvimos un poco perdidillos ahí a los pies de la colina hasta que encontramos lo que necesitábamos: la plaza Myklos Ybl, puesto que de ahí íbamos ya directos al Puente de las Cadenas. Myklos Ybl es el arquitecto húngaro más importante, su obra más conocida es la ópera de Budapest y participó en la construcción de la Basílica de San Esteban.

Este lugar nos pareció bastante bizarro, vamos, que aún hoy todavía no entendemos qué significaban esas pedazo de estatuas de soldados enormes a las puertas de un edificio. Pensamos que era un museo sobre la Guerra Mundial o el ejército, pero no hemos sabido encontrar la respuesta.

Justo al lado del edificio con las estatuas está el Várkert Bázar, un edificio neo Renacentista, en cuya creación intervino también Myklos Ybl, que ahora está recién remodelado. Es un edificio muy bonito y un poco “raro”, con detalles de estilo árabe y también otros bastante barrocos. Cuando fuimos estaba cerrado, pero por dentro debe ser, sobre todo, espacio para exposiciones. Hay una escalera en sus jardines para subir directamente al castillo de Buda, aunque nosotros no la usamos.

Seguimos caminando delante del Várkert Bázar, donde había un mercado pequeñito de Navidad, hasta que llegamos al kilómetro 0, justo delante del puente de las Cadenas.

Ahí ya nos estábamos muriendo de hambre y sucumbimos a la tentación de comernos unos langos en la cafetería para turistas que está a los pies del castillo. El langos es uno de los platos húngaros más típicos; es una especie de pasta frita, con forma redonda (o doblada tipo calzzone), a la que se puede añadir tanto dulce como salado (el más popular es el de queso y salsa agria). A Andrea no le pareció mal pero a mí no me gustó nada, demasiada fritanga, no pude ni comerme la mitad, es bien pesado.

No estábamos muy cansados, pero nos hacía ilusión hacer de turistas y subir al castillo de Buda en el funicular, el segundo que se estrenó en Europa ahí por el siglo XIX y que fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial. Había cola pero se movía rápido y, afortunadamente, pudimos subirnos en primera fila para ir viendo el panorama. Tampoco es gran cosa y nos han contado que la subida no es dura. Como sabíamos que íbamos a bajar andando, compramos solo la ida y nos costó alrededor de 2’50€.

En Hungría la moneda oficial es el florín húngaro (HUF), pero en muchos lugares está escrita la equivalencia en euros, puede pagarse en la moneda europea en algunos sitios y, de hecho, los cajeros de la zona centro también dan euros.

Ya en la colina de Buda estuvimos viendo el castillo (por fuera), construido en el siglo XIV pero remodelado varias veces a lo largo de la historia, y las pedazo de vistas que se tienen desde allí. Luego nos pusimos a explorar la zona, conocida como Várnegyed (barrio del castillo), y la verdad es que nos recordó mucho a la colina de Toompea en Tallin: estilo de construcción parecido, tiendecitas y cafés muy monos y gente congelada de frío jaja!

Al fin llegamos al Bastión de los Pescadores, una terraza con siete torres de estilo neogótico y neorománico inaugurado en 1902. Este es uno de los lugares que más ganas teníamos de ver en este viaje… y estaba de obras 🙁 solo podía accederse a una parte, que obviamente estaba llena de gente haciéndose fotos, y es que las fotos del Danubio y el Parlamento desde el Bastión son un must en Budapest.

Justo enfrente está la iglesia de San Matías, un templo cristiano, que fue mezquita con los otomanos, totalmente reconstruida en el siglo XIX en un estilo neogótico. Su tejado es uno de los detalles más bonitos que hemos visto jamás en una iglesia, es preciooooso.

Uno de los lugares que no os podéis perder en Budapest es el Hospital en la Roca. Habíamos leído sobre ello en la guía y teníamos grandes expectativas, pero fueron superadas. Este es un auténtico hospital, además de un búnker atómico excavado en la roca, utilizado durante la Segunda Guerra Mundial y la Revolución de Budapest en octubre de 1956.

Solo se puede acceder con visitas guiadas, en inglés, de 1 hora de duración que, la verdad, se hace corta. Allí tienen todo tal cual quedó: el material quirúrgico, las camillas y todo tipo de accesorios, además de maniquíes caracterizados de enfermeros o pacientes. A veces es un poco tétrico, pero mola muchísimo!! Es una pena que no puedan hacerse fotos para que lo veáis…

Hace mucho frío hasta en verano, pues llegas a estar hasta a 16 metros bajo tierra, así que tienen unos abrigos para prestar. La entrada cuesta 4000HUF que valen totalmente la pena. Recuerdo que la chica de la entrada quiso cobrarme la mitad «pensando que era joven» y yo, como boba, la dije que no, que ninguno lo éramos… no se puede ir por la vida de tan legal jeje.

Ya era de noche cuando salimos del hospital, así que volvimos al Bastión a hacer fotos del Parlamento iluminado ¡precioso! y ya de ahí bajamos andando hasta el Danubio para hacer lo mismo pero desde abajo. Una pareja de bengalíes que habían vivido en Italia nos hicieron la foto y estuvimos charlando un rato.

Luego cruzamos el puente de las Cadenas, el más antiguo de Budapest, y caminamos hasta la basílica de San Esteban, templo cristiano que actúa como catedral de la ciudad, con capacidad para 8.500 personas e inaugurada tan solo en 1905. Su cúpula es increíble y puede subirse hasta ella, dicen que las vistas desde allí son impactantes. Después, dimos un paseo por el mercadillo de Navidad que había en la zona.

Nos estábamos muriendo de hambre, así que miramos en Trip Advisor si había algún restaurante húngaro cerca, y encontramos justo lo que buscábamos: el Kisharang Étkezde (Oktober 6. utca 17), de ambiente totalmente tradicional, donde nos zampamos la típica sopa gulash, entre otros platos ricos ricos.

En este restaurante había la opción de pedir ración pequeña o normal, y nos pareció una muy buena idea, así que nosotros optamos por pedirlo todo pequeño y a la vez, para poder probar más platos ¡Cómo nos gusta probar comidas nuevas y catacaldear cuando viajamos! Recuerdo que pagamos el equivalente a unos 20€, con un postre, una copa de vino y una cerveza, muy bueno.

Para bajar la cena, llegamos andando hasta el mercado de Navidad de Vörösmarty Tér (o plaza Vorosmarty), el más famoso de Budapest. Había artesanías preciosas y la típica comida de estos sitios (perritos, crepes, mulled wine), además de langos y kürtöskalács, unas ricas “chimeneas” dulces que se cocinan en el acto en una especie de barbacoa. No esperéis precios baratos, pero es bonito para ir a mirar. Por otro lado, la comida es muy apetecible pero bastante pesada en Budapest, así que ¡control!

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